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Cuida tu alegría interior
Rafael Tomás Caldera

En boca de uno de los personajes de La Trepadora, pone Rómulo Gallegos esta declaración: “Yo, por estar siempre alegre, me he salvado muchas veces de ponerme triste”.
Tras su aparente trivialidad, hay allí un pensamiento profundo que nos puede ayudar mucho en la vida cotidiana. Aristóteles decía algo parecido de la salud: nada preserva mejor la salud que la salud. Médicos, dietas, medicinas, tratamientos, lo sabemos por experiencia, vienen en segundo lugar en ayuda del paciente, un segundo lugar distante del primero. Porque la vida, la salud, la alegría se defienden por sí mismas. Hay en ellas un movimiento de retroalimentación que las conserva a través de las pruebas. Aún más, las intensifica, como si cada nueva dificultad trajera consigo una nueva afirmación y acrecentara el caudal primero.
Oyendo el argumento, acaso dirá alguno que eso es muy ingenuo; que viendo lo que anda mal, en todas partes, no cabe sino el pesimismo. Incluso, insistirá, parece que las cosas se van a poner peor. ¿Cómo mantenerse alegre entonces si uno no es un niño ni un inconsciente?
Son palabras razonables, de persona sensata. Mas no tienen razón. Quien habla así puede ser que acierte en señalar lo malo. Pero el pesimismo no es un diagnóstico. Al igual que su contrario, el optimismo, es una actitud: algo que se escoge, se cultiva. Es aquí donde encontramos la sabiduría del dicho anterior. Porque nada resulta más dañino para la persona que dejarse llevar por pensamientos negativos: no sólo permitir al ave negra de la tristeza que se pose en nosotros, sino dejar que haga nido en nuestro corazón.
Hay que cuidar la alegría interior como un verdadero tesoro. Aprender –o recordar, si lo hemos olvidado- a poner nuestra atención en lo positivo, lo valioso. La contemplación de lo bueno, de lo justo, de lo verdadero, eleva siempre nuestro espíritu, nos devuelve la vitalidad.
Podríamos decir que es como lo que puede ocurrir al ver a una persona. Quizá el rostro es hermoso, lleno de encanto, con un lunar junto a la boca. Si alguien se fijara sólo en el lunar, no podríamos decirle que no mira la realidad; pero se le ocultaría su belleza al cerrarse sobre un elemento que, visto aparte, puede hacer repugnante el conjunto.
Cuidar la alegría no excluye pues ver los defectos. No elimina el sufrimiento, ni ese cansancio tras un largo día de labor que a veces nos impide hasta sonreír. Ni siquiera excluye el llanto, que en la vida humana marca la pérdida de lo amado. Significa que, más allá de las lágrimas, intuimos el bien, al que sabemos más fuerte que todo mal.
Para confirmar nuestra confianza en lo bueno, Dios se hizo hombre. Jesucristo compartió nuestro destino y triunfó en la Cruz por el amor. Así, la noche de Navidad, hace dos mil años, los pastores oyeron al ángel decirles: “os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy os ha nacido un salvador, que es el Cristo Señor, en la ciudad de David. Y eso os servirá de señal: encontraréis a un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre” (LC 2, 10-12).
Al contemplar al Niño Dios, renacerá siempre nuestra esperanza. Y con ella, como una hermana menor que no la deja sola, estará la alegría.
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