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Nutrición para el
cuerpo y el espíritu
Son muy pocas las mamás
que no se preocupan por la alimentación de sus hijos. En todo momento nos
preguntamos si les estaremos dando lo correcto, si será suficiente, si lo
estaremos haciendo bien. Pero muchas veces cometemos el error de ocuparnos sólo
de qué, dónde y cuánto comen, y sin querer, nos olvidamos del cómo y del para
qué. La comida deja de ser entonces un ritual para la salud, el disfrute y el
compartir y se convierte en un problema a resolver
Comer en familia,
compartiendo las aventuras agradables del día, resulta un hábito cada vez más
difícil de mantener, pues son muchos los elementos que hay que coordinar para
lograrlo:
- Los diferentes horarios de cada quien (en la
guardería, el colegio, el trabajo, la universidad).
- Las distintas actividades extracátedra.
- El número de “enanos”, incluyendo al marido, todos
reclamando su merecida cuota de atención.
- La ausencia o presencia de ayuda técnica para
limpiar la casa, cocinar y planchar.
- Las veinte mil cosas de las que nos ocupamos a lo
largo del día.
- El cansancio y las ganas de salir corriendo cuando
se nos enreda la cabuya, a falta de tener una varita mágica que arregle todas
las cosas en un solo día.
A esto se agregan otros dos elementos que
condicionan de manera importante tanto la calidad del ambiente como el estado de
ánimo y la forma de comer: el factor tiempo y la mortificación por la cantidad
ingerida –en este caso por los hijos, no por las mamás eternamente en
dieta-.
Factor tiempo
Por aquello del tiempo suelen cometerse varios
errores:
- Se omite el desayuno porque no hay tiempo para
comer. Eso no es cierto. En la mañana bastan 10 minutos para desayunar algo:
cereal con leche, sándwich, arepa o huevos fritos, los cuales se pueden preparar
mientras se arman las loncheras o se pueden dejar lo más adelantado posible la
noche anterior –mesa puesta, cafetera montada, masa hecha-. Con organización se
puede desayunar en casa.
Si el problema está en la falta de apetito tan
temprano en la mañana, lo recomendable es desayunar lo más pronto posible, antes
de comenzar la actividad, bien sea escolar o laboral. Esto es preferible a comer
en el carro, práctica que puede resultar estresante por los derrames y sus
sabidas consecuencias sobre la tapicería y los uniformes del colegio.
- Se traga la comida casi sin masticar, porque no
hay tiempo para comer. Masticar bien los alimentos es un paso indispensable
para la buena digestión, y si bien llenar el estómago es mejor que pasar hambre,
tener pesadez estomacal o acidez por una mala o estresada digestión tampoco es
saludable.
Esta preocupación por el tiempo puede convertir las
horas de comer en una peleadora: “apúrate, chico, traga rápido”; “tú sí te
tardas”; “por tu culpa vamos a llegar tarde”, son expresiones muy típicas
que hacen que la hora de comer se convierta en un pequeño infiernillo, tanto
para las madres como para los niños. Levantarse 10-15 minutos más temprano para
poder desayunar en paz y organizar las actividades de la tarde para que los
niños puedan almorzar tranquilos antes de continuar, pueden ser buenas
estrategias para reducir el estrés y hacer más agradables las
comidas.
Si ocurre que en el colegio las actividades en la
tarde empiezan casi inmediatamente después de la hora de salida y los niños
tienen muy poco tiempo para comer, la planificación conjunta de los horarios,
entre la institución educativa y la Sociedad de Padres y Representantes, puede
mejorar este problema.
- “Come tú solo, estoy muy ocupada”. Y en
lugar de compartir con los chiquitos, los dejan solos en la mesa, acompañados de
la pared o del televisor. ¿Dónde está el afecto allí?
La mortificación por la cantidad
ingerida
Es bastante común escuchar la expresión “es
que come muy poquito”, y para que coma más, cualquier estrategia es posible.
Están las tácticas que involucran la distracción, que van desde pasearlos en el
carro hasta dejarlos jugar con el chorro de agua en el lavaplatos, porque si no
los distraen, no comen.
Están las estrategias que involucran agresión: la
correa guindada en el cuello o frases y acciones como: “si no te lo tragas te
pego” o “si vomitas te hago tragar el vómito”.
En ambos extremos, el del juego o el de la
agresión, se irrespetan los mecanismos naturales de saciedad del niño, se forman
malos hábitos de alimentación y se afecta la relación madre-hijo.
Recordemos que uno niño con hambre come sin
necesidad de amenazas o de avioncitos.
Como ven, alimentar a nuestros hijos va mucho más
allá de quitarles el hambre. Es una maravillosa oportunidad tanto para brindar
salud a sus cuerpos como para brindar amor y consentimiento a sus espíritus.
Este especial compartir en la mesa puede extenderse además a todas las
actividades que giran alrededor de ella –cocinar, poner la mesa, lavar los
platos- si todos los miembros de la familia, de acuerdo a su nivel de capacidad,
participan.
Elizabeth
Espinoza Nutricionista, terapeuta floral eespinoza@urologico.com
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